Solemnidad de la Navidad

Is 60, 1-6

Este texto nos sitúa en la tercera parte de Is, texto que ilustra el tiempo del post-exilio. Es un mensaje de esperanza para los exiliados: Jerusalén resurgirá nuevamente, y será la luz para todos los pueblos. En la relectura cristiana Jerusalén significa la iglesia santa de Dios. Los cristianos que caminan a la luz de Cristo se convierten en luz que atrae a otras gentes. Literariamente este fragmento coincide con el núcleo básico del Trito-Is, caps. 60-62, que proclama con fuerza un mensaje de salvación para su pueblo. Dichos caps. celebran la glorificación de Jerusalén, donde no solamente los judíos retornan de la diáspora del exilio, sino que afluirán también muchos pueblos, atraídos por el poder del Dio de Israel. Is 60 contiene un oráculo de salvación, lleno de lirismo desbordante, donde se retoman temas básicos de este profeta.

Dios en Jerusalén desvelará su rostro, que será como una luz que amanece, y disipa las tinieblas. Dios mismo es la aurora, e iluminará la ciudad, y su resplandor será luz para los pueblos. El texto subraya el vuelco que Dios suscita allí no se vislumbraba más que oscuridades producidas por la maquinaciones del hombre.

Vertiente cristiana: El hombre, los grupos sociales, ciertamente se afanan en progresar, y se ilusionan en esta tarea, pero en este caminar se necesita siempre una luz que clarifique tantas situaciones ambiguas y oscuras. El mensaje del profeta no cesa de proclamar que Dios es quien crea la luz, la ilusión certera que contagia a quienes se fían de El. Sin su presencia la protagonista serían las tinieblas, es decir, un mundo mezquino, a medida de angustias y miedos. La luz divina es la gran maravilla, que ensancha el horizonte del hombre.

Sal 71, 2. 7-8. 10-13

Este salmo, análogamente a los Sal 20 y 21, pertenecen a la liturgia de la fiesta de entronización, cuyo rito estaba relacionado con las tradiciones que no se adoptaban sólo para un determinado rey, sino que querían describir el modelo ideal del rey y se utilizaban para ceremonias de estas dimensiones. La realeza divina, que remotamente encontró acogida en la tradición festiva de ámbito yahvista, se la relaciona con la inauguración del gobierno de un nuevo rey. En el Sal se insiste en la forma de intercesión y en su contenido, que a menudo está más allá de los límites de una real condición humana, de ahí interpretación mesiánica.

El salmista suplica que el rey establezca el derecho de Dios. La justicia (sedaqah, en hebreo) no es una consecuencia relativa a la “humanidad”, sino una exigencia divina y, por consiguiente, absoluta, de carácter religioso y vinculante. Detrás del gobierno del rey esta la realeza divina, de ahí que la justicia del rey se debe mirar en la divina, que ha prometido protección a los “indigentes”, y no deja a los débiles ser presa de los prepotentes. No se trata de sancionar sólo lo humano, sino de la participación de lo humano en la eternidad de la salvación divina. El rey se halla en esta dinámica.

Perfil cristiano: Ante el carácter limitado de los “reinados humanos” el salmo insiste que será el Mesías quien dará plenitud a las exigencias divinas para clarificar la condición humana. El Sal ha recibido una reinterpretación mesiánica en la tradición cristiana, siendo consciente que el creyente necesita mirarse en este Mesías para no obcecarse en sus logros controlables. La exigencia y la presencia divina no se abarcan fácilmente, y animan a mirar con más amplitud.

Ef 3, 2-6:

El texto de hoy pertenece a la primera parte esta carta (1,15-3,21), donde el apóstol ha expuesto el misterio de Dios Padre en Cristo, como fundamento de la iglesia. Y ahora concretamente se detiene sobre su servicio al misterio de Cristo. El conocimiento del misterio no lo ha logrado Pablo por medio de un simple razonamiento, ni por investigaciones personales, sino por revelación, cuya iniciativa recae exclusivamente sobre Dios. Es sinónimo de la voluntad de Dios y de su insondable sabiduría. Este enfoque encuentra su fondo en el lenguaje apocalíptico, donde el misterio, escondido antes, y revelado después, descifra el proyecto de Dios sobre la historia humana. Cristo, pues, es la última y definitiva palabra de Dios sobre la misma.

Este texto es un canto a la universalidad cristiana; el misterio de Dios no se puede encerrar en los límites raciales, culturales, estéticos o lingüísticos. La revelación del misterio de Dios rompe continuamente barreras, y no es fácilmente controlable por el hombre, incluso para quien se siente seguro ante Dios. La epifanía invita a esforzarse por ver con amplias miras, y a contemplar las diferencias en la historia, pero con los ojos de Dios

Mt 2, 1-12:

Bien sabemos que nos hallamos ante un texto midrásico, que refleja la situación de la iglesia en torno a los años 80 d.C. Los judíos-cristianos eran oficialmente considerados como herejes y eran ex-comunicados de la sinagoga. Las persecuciones que afligían a la iglesia y la agregación de numerosos paganos a la comunidad cristiana había tenido un significativo preludio en la infancia de Jesús. Con el episodio de los magos el evangelista insiste más en el origen divino davídico de Jesús y evoca la predicción de Is 60,1-9, que describe la peregrinación alegre de las naciones hacia Jerusalén para embriagarse de la luz divina.

Jesús desde su entrada en la historia humana es perseguido, y deberá desarrollar su misión entre innumerables obstáculos. Se perfila, pues, en este relato el rechazo por parte de Israel y la conversión de los paganos, representados por los magos.

La adoración de los magos al final del relato escenifica la invasión pacífica de los habitantes de Madián y Efá con sus camellos y dromedarios, anticipada hoy en Is 60,6, y la venida de los reyes de Tarsis, las islas, y Arabia, que ofrecen sus dones al Mesías y se postran ante El (Sal 71, 10s).

Los padres de la iglesia han dado a estos dones un sentido simbólico: el oro significa la realeza, el incienso la divinidad, y la mirra la humanidad sufriente.

Adorar a Dios en su Mesías no es fácil. Hemos apreciado cómo a la docilidad de estos magos “gentiles” se opone la actitud de los suyos: tanto Herodes, como los escribas y el pueblo entero estaban turbados, perplejos. Ante Dios hay que presentarse sin exigencias, y contemplar el misterio desvelado en Cristo, que con frecuencia hace añicos nuestros enfoques si nos acercamos con sinceridad y dejamos que el Verbo de la Vida nos hable. Dios supera nuestros esquemas y ante El rige el arrodillarse y adorarlo “en espíritu y verdad”, como más tarde nos dirá el ev. de Juan.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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