Cuarto domingo de PASCUA

El don de la vida plena

Hch 13, 14. 43-52

Después del discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquia de Pisidia, la presente lectura enfatiza la reacción negativa de los judíos ante la palabra pronunciada por Pablo, que en el pensamiento lucano contiene ciertas analogías con otros discursos de su evangelio (Lc 4, Jesús habla en la sinagoga de Nazaret), Pedro ante las autoridades judías (Hch 4-5), o Esteban en 6-7, por limitarnos a algunos pasajes. Pero esta palabra no cae en vacío, sino que siempre encuentra corazones abiertos, no obstante la dureza o cerrazón de otros. Unos están abiertos y sin prejuicios, y se alegran de mensaje recibido, otros se ven minados y reaccionan agresivamente, ya sea verbalmente o con medidas concretas. Esta escena sirve a Lc para ilustrar la tesitura del rechazo que la palabra divina experimenta en su anuncio, y cómo paso a paso facilita la apertura a la evangelización de los gentiles. Hoy se confirma la ruptura entre los judíos y los paganos en el v. 51: “ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad y se fueron a Iconio”. En el v. 46 Pablo y Bernabé ya habían pronunciado la frase programática, que señalaba el centrarse en los gentiles. El v. 52, por su parte, es una conclusión edificante de Lc: “Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu santo”.

El verdadero protagonista es la palabra en torno en a Jesús resucitado, que se difunde con la ayuda del Espíritu y sus mediadores, y también la dinámica de acogida marca la ruta de la misma, pero en definitiva la palabra misma facilita el “vuelco de horizonte”.

La palabra divina, indicadora del caminar en la fe: Suele romper esquemas, de grandes o pequeñas dimensiones. Las resistencias ante la misma tantas veces no se producen de manera tajante, como se puede observar en la lectura, pero sí que a nivel de fe acompaña nuestras opciones cotidianas, donde a su luz podemos descubrir en unos momentos dureza de corazón y otras una incidencia que marca nuestros pasos, y purificar nuestra mente.

Sal 99, 2-3. 5

Nos hallamos ante un himno procesional, con dos partes bien diferenciadas: a) v. 1-3, y b) 4-5; cada una está compuesta por una invitación a la alabanza, que a su vez se argumenta. Es salmo sencillo, pero lleno de vitalidad, ya que el orante reconoce la ternura y la bondad divina. Comienza con una triple confesión de fe, utilizando palabras claves de la revelación bíblica: es decir, alegría, bondad, misericordia, fidelidad. Con la invitación a “reconocer que el Señor es Dios” se quiere afirmar que la fe constituye una posibilidad para conocer la vida que Dios nos otorga. En el v. 5 se concluye con otra profesión de fe, nuevamente concreta, en cuanto que Dios nos ama y protege.

Iluminación de nuestros pasos: Ante la suposición de caminar sin sentido en nuestra vida, el Sal 99 nos ayuda a vernos en al esfera divina. Nada de cuanto hacemos o sufrimos será irrelevante, sino que el arco de nuestra existencia gira en torno a este amor de Dios por cada uno de nosotros, pues ¡somos valiosos a sus ojos! Es un amor fiel, que no se agrieta.

Ap 7,9.14b-17

Ap 7 contiene dos visiones, y la liturgia de hoy ofrece la segunda, es decir, Ap 9, 9-17. En la primera (Ap 7, 1-8) son presentados aquellos marcados con el sello del Dios viviente en la frente, y en la segunda quienes que han lavado sus mantos en la sangre del Cordero. En la primera se trata de los judíos cristianos que constituyen el resto de Israel, y en la segunda una multitud inmensa que pertenece a todos los pueblos paganos. Es decir, quienes han sufrido el martirio, y han mostrado su fidelidad a Cristo, y a través de su pasión han logrado la vida nueva, y como resucitados están ante Dios y con Dios, participando de una nueva situación que pertenece a la dignidad divina.

Cristo-Cordero, como buen pastor, guía al creyente en su itinerario histórico, y le ofrece en la participación litúrgica, el agua viva, que lo sostiene en su caminar. El agua, es decir, la vida, es abundante y gratuita. Sólo la certeza de estar acompañados por el Cordero inmolado endereza tantas encrucijadas que nos aniquilarían en nuestro ánimo en vivir con ilusión. Dicha certeza, vivida en la liturgia, sella nuestra vida y la inmortaliza aquí y ahora.

Jn 10, 27-30

En la fiesta de la dedicación del templo Jesús pronuncia estas palabras, que continúan el debate entre Jesús y los judíos, teniendo como fondo el tema del buen Pastor. Se mantiene la tesitura polémica con agresividad, donde Jesús va desvelando su dignidad mesiánica, afirmando en el v.30 que “Yo y el Padre somos uno”. Por parte de los judíos la cerrazón no se debilita, y amenazan con lapidarle en el v.33, ya que se equipara a Dios. Conviene recordar que esta festividad estaba cargada de motivos mesiánicos, y, además, subrayar el ámbito litúrgico de la misma.

El comportamiento de Jesús implicaba una actitud original, un tanto incomprensible para la mentalidad judía, tenazmente radicada en la restauración de la dinastía davídica en sentido mesiánico, pero les echa en cara la obstinación en su ceguera, y no abrirse a su palabra.

Palabra de “alguien” que camina delante: No es fácil a veces romper tesituras cerradas, no sólo en plano sociológico, sino de enfoques de la existencia. El fiarse de Cristo facilita la superación de muchas inseguridades y desalientos, que fácilmente nos asaltan. Su voz de resucitado y guía de aquellos que le contemplan como tal, da plenitud y fortaleza, es decir, nos conduce hacia la plenitud de vida, y nadie nos la puede arrebatar.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



LECTURAS Y HOMILÍAS

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