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Ex
3, 1-8a. 13-15
Se trata de una página
cumbre en el AT, y texto gozne para múltiples
referencias posteriores, que consta de tres
motivos: la teofanía de Dios, la
decisión de salvar a Israel, y la
revelación del nombre divino. Literaria
y teológicamente aquí confluyen
dos vertientes, es decir, la yahvista y
elohista, que releyeron estos acontecimientos
con sus propios criterios.
El Dios bíblico
no suele actuar más allá y
fuera del ámbito humano; su salvación
es siempre histórica, no sólo
porque se concreta en ella, sino porque
llama en causa la decisión y libertad
del hombre. La aventura de Moisés
hay que situarla en un fondo del sufrimiento
del pueblo. Dios por la fidelidad a la alianza
con los patriarcas decide sacar a su pueblo
de una esclavitud injusta, causada por los
egipcios. Es Dios quien abre nuevos espacios
de libertad. “He visto la opresión
de mi pueblo…he oído sus quejas…
me he fijado en sus sufrimientos…
voy a sacarlos…”. Dios trasmite
a Moisés un proyecto, y paralelamente
lo anima, pues sabe que el pueblo puede
poner en entredicho tal empresa, “si
ellos me preguntan…”, es decir,
Israel quizás se muestre reticente
y desconfiado, y exige un justificante de
garantía.
Dios en persona se compromete
a abrir nuevos ámbitos de libertad
para el pueblo elegido, actúa gratuitamente,
y le desvela posibilidades inéditas,
impensables por él mismo. Les crea
su dignidad, y coloca en una nueva tesitura,
que va perfilar y fundamentar paradigmáticamente
futuros eventos. Por eso antes afirmábamos
que este inicio ha sido reflexionado muchas
veces para comprender futuros escenarios
del pueblo de la alianza. Pero el arranque
y el despegue para que éste tome
conciencia de su realidad deriva y tiene
su fuente exclusivamente en Dios.
¿Esclavitudes,
y cuáles? Dios
suele anticipar nuestro caminar cotidiano,
donde surgen muchas de nuestras insatisfacciones,
deseos y planes no verificados, pero a veces
preferimos caminar por libre, hacemos un
coto de nuestra existencia y puede aparecer
una cerrazón de mente, y es cuando
se concretan las esclavitudes y sufrimientos.
Pero también los desconciertos pueden
hundir sus raíces en el nuestro ambiente
histórico, afectándonos como
comunidad de fe. Todas nuestras coordenadas
personales y comunitarias, nos dice la lectura
de hoy, no son ajenas a Dios, y suele “bajar
para librarnos de las manos…”
no de los egipcios históricos, sino
de “turno”, de esas situaciones
que pensamos que son insuperables a nivel
personal, familiar…, esa convivencia
diaria con personas que se desploman a nivel
psíquico y ¡no son sabedoras
de ello!, e infunde en nosotros esa lucidez
para enjuiciarnos con sensatez, sino un
posible hundimiento aparecería en
el horizonte personal. Con Dios nuestro
futuro no se difumina, sino que se fortalece.
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Sal 102,
1-4. 6-8. 11
Este salmo la califica
M.Dahood (jesuita libanés, gran
comentador de los salmos) como el Te Deum
del AT. Los santos Padres lo han leído
en clave cristológica, y concretamente
san Agustín descubre en las palabras
del salmo a Cristo, en cuanto médico
divino, que cura todas nuestras enfermedades
gratuitamente. Sirvan estas dos alusiones
para dejar constancia de la influencia
que este salmo ha ejercitado en el curso
de la vivencia de la fe. Concretamente
J.Calés lo define como uno de los
más bellos poemas del salterio,
ya sea por su altura de ideas como por
la delicadeza de sentimientos, o por nobleza
y elegancia de expresión.
Se trata de un himno
de acción de gracias, alegre y
armónico, una meditación
sobre la herida caducidad humana, pero
abierta a la misericordia divina.
A nivel literario comienza
una auto-exhortación a alabar a
Dios (v.1-2), de la cual se deriva una
meditación sobre la experiencia
personal de la gracia divina (v.3-5),
que Dios muestra el cauce de la historia
(v.6-13). En los v.14-18 la conciencia
del salmista refleja el contraste entre
la caducidad humana y la estabilidad benévola
de Dios, que a través de un eficaz
crescendo desemboca subrayando la realiza
divina (v.19-22), concluyendo nuevamente
con la alabanza.
¿Cura
terapéutica? En la vida a medida
que se va avanzando surgen tesituras sorprendentes
que nos curvan sobre nosotros, y somos
incapaces de darnos paz y sosiego por
los errores cometidos. Es cuando descubrimos
nuestra fragilidad, pero precisamente
en estas vivencias puede aparecer una
cercanía misericordiosa, inesperada; una
“lógica”, pero esta vez divina, que se
“salta” los criterios humanos, los enfoques
matemáticos y la frialdad despiadada de
la justicia de perfil humano. En definitiva,
un Dios que no exige que los desvaríos
sean pagados, sino sólo reconocidos, porque
tal proceso nos purifica y confiere unos
ojos nuevos para ver nuestros mortales
días con el mayor realismo posible. ¡Dejemos
que las palabras del salmo nos definan:
“te colma de gracia y de ternura”.
1Cor 10,
1-6. 10-12
Esta lectura desarrolla
motivo que asomó casi de puntillas
en la primera: la “murmuración”
ante las acciones divinas, a la cual el
apóstol confiere una nueva dimensión
para los creyentes de la nueva alianza.
Cuando no aparece una confianza en Dios,
una apertura hacia Él, estamos
condicionando las intenciones divinas
y optamos paralelamente por nuestros enfoques,
que considerados “más”
sensatos. Dios se manifiesta, pero busca
de nosotros una respuesta de acorde con
su generosidad, que crea vida. La escucha
sin dejarse influenciar por el mensaje
acaba por desvanecer la cercanía
divina y endurecimiento de nuestras valoraciones
existenciales.
Lc
13, 1-9
Algún contenido
de Lc 13 es exclusivo de Lc, que usa informaciones
autónomas. En la óptica
de la llamada a la conversión para
librarse del castigo del juicio final
la perícopa de hoy contiene dos
episodios luctuosos, que instan a la conversión.
La acción represiva de los galileos
no es conocida en otras fuentes. Dicha
represión del procurador romano
en el templo y durante el sacrificio enfatiza
la gravedad del evento. Igualmente sobre
la caída de la torre de Siloé
sólo informa Lc. Estos sucesos
para la opinión popular eran un
castigo por los pecados, que Jesús
desaprueba. En el perfil de Lc dichos
episodios representan una llamada a la
penitencia para escapar del juicio escatológico,
que recae sobre todos, y todos son pecadores.
La parábola de
la higuera (v. 6-9) ilustra el criterio
expresado antes. Lc anticipa la enseñanza
de Jesus con esta parábola, que
Mc y Mt sitúan en la maldición
de la higuera en la entrada mesiánica
en Jerusalén. Para Lc toda la actividad
mesiánica de Jesús se centra
en la última posibilidad de conversión
y penitencia para Israel.
Generosidad
divina: Lucas hoy quiere transmitir
la suspensión de la voluntad de Dios en
aplicar su juicio, y cómo concede prórrogas
y plazos para arrepentirse. La parábola
en su segunda parte recuerda que no conviene
separar la radicalidad del evangelio la
certeza del amor obstinadamente misericordioso
de Dios en nuestra vida. El proceso de
la conversión cristiana es una respuesta
a un don que nos precede, a una voz que
nos llama, y a un amor que nos interpela.
Jesús en nombre de Dios Padre nos sugiere
que no hay que resignarse a pensar que
no se puede cambiar nada en muchas de
nuestras situaciones. El Dios de la misericordia
apuesta por la persona precisamente cuando
parece que nada razonablemente bueno se
puede esperar. Perspectiva paradójica,
quizás, para nuestro sentido. ¡La persona
se define desde Dios, y no desde nuestros
criterios limitados!
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