Vigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario

Eclo 3, 19-21. 30-31

Ben Sira, sabio de Israel de los primeros decenios del s. II a.C., con su escrito continúa la reflexión sobre la vida humana de otros libros sapienciales anteriores, y en esta primera parte ha comenzado con una exposición sobre la sabiduría y el temor de Dios, sigue otra en torno a la sabiduría y la paciencia, etc, y en la sección de hoy (Eclo 3,17-29) se detiene en la humildad, como actitud de vida, de quien sabe ponerse a la altura de las personas, y actúa con llaneza en el curso de su vida. El fragmento está encajado en la primera parte de este libro (Ecl 1,1-4,10). Habitualmente el sabio al insistir sobre un aspecto tiene en la mente su contrario, y hoy el binomio lo constituye la humildad y la soberbia, aspirando el sabio a subrayar que la dignidad de la persona tiene mucho que ver con la llaneza de espíritu. No hay que olvidar que Dios ofrece la medida que ilustra la modalidad de ser persona. Los éxitos a nivel social pueden oscurecer la mente, alejar de Dios y ahuyentar el aprecio de los hombres. Dios revela sus secretos a quien se fía de él, y no se obstina en su corazón terco.

Humildad y orgullo, contrastes en la vida: La humildad se ejercita en el reconocer nuestros límites, bien sea ante nosotros mismos, Dios y los demás. Quien es humilde no sólo agrada a Dios, sino que recibe el aplauso de los hombres. El ejercicio de la misma se extiende a ámbitos económicos, sociales y científicos. A diferencia del helenismo, cultura vigente en tiempo del autor, el sabio de la Biblia reconoce que la fuente del saber sobre el arco humano deriva de Dios. Pero la humildad no se agota en los perfiles anteriores, sino que abarca también la solidaridad con los necesitados. La lectura de la palabra ofrece, pues, una orientación que ayuda a adquirir sensatez en nuestro comportamiento, y proyecta luz sobre nuestro espíritu.

 

Sal 67, 4-7. 10-11

El Salmo en su totalidad es un himno al poder de Dios, que se compone de dos grandes secciones: v. 2-19, y v. 20-36, que a su vez encierran otras divisiones internas. La liturgia de hoy ofrece básicamente la primera parte, donde se rememoran los eventos salvíficos, que van desde el paso del mar Rojo hasta la entrada en la tierra prometida. Esta etapa de la historia se revive como si fuese una procesión encabezada por Dios, que ahuyenta a los enemigos de Israel, y le regala la tierra de la promesa. A Dios se le describe como protector de los huérfanos, viudas, desvalidos, cautivos, pobres, y, por otra parte, alegría de los justos, que gozan de su presencia.

La liturgia de la vida: En el caminar por el desierto de la vida Dios va en medio de nosotros para conducirnos y entrar en la tierra prometida, es decir, en el descanso divino que nos promete a cada uno. Pero en esta procesión, atendiendo a la simbología del salmo, que Dios encabeza, nos ayuda a llevar las cargas y sin sabores cotidianos, y a superar las tensiones que nos asaltan. Sin tal ayuda quizás la “travesía” existencial fuese más árida y quemase muchas de nuestras ilusiones o proyectos, pero su cercanía hace rebosar alegría y gozo.

Heb 12, 18-19. 22-24

Después de una larga exhortación ahora el autor subraya el fruto de la fidelidad y perseverancia en las pruebas: ser conciudadanos de la Jerusalén celestial, haber logrado su destino, y llegado al mediador de la nueva alianza, Cristo Jesús.

El autor enfatiza la esencia de la iglesia. Los creyentes viven una nueva relación con Dios actuada por la mediación de Cristo Jesús. El Dios lejano se hace cercano en las pretensiones y vivencias de Jesús, el Unigénito del Padre, y hermano de cuantos creen en Él. A partir de esta nueva tesitura cambian también las relaciones entre los miembros de la misma comunidad cristiana, siendo hermanos.

La comunidad de fe, ámbito de nuestra identidad: En la raíz de asamblea cristiana se halla la escucha permanente de la palabra divina, que libra del miedo y soledad ante la muerte. Ésta, a decir de esta carta, consiste en la comunión de los justos en camino hacia la perfección, perfección que introduce en el descanso. Éste ha sido inaugurado y garantizado por Cristo Jesús, el sumo sacerdote, que ha alcanzado también dicho estado a causa de su donación generosa, acontecida una vez por siempre en su morte.

Lc 14, 1. 7-14

Lc esta vez recurre al género del simposio al estilo helenista o judío, estando presente el huésped, los comensales, la referencia a un hecho que coordina la conversación, la intervención de algún comensal, y la alegría de estar juntos. La escena se describe con tintes de animación, pues los participantes son interpelados por la palabra de Jesús, que es enfatizada aquí. Trasluce en la escena lucana el contexto eclesial de una comida comunitaria, la celebración de la eucaristía, ocasión para recordar la enseñanza de Jesús. En torno a la mesa los creyentes acogen la palabra del Señor resucitado en medio de ellos.

La palabra del resucitado pretende un nuevo comportamiento entre los creyentes. Éstos deben ponerse al servicio de sus hermanos, en cuanto personas nuevas y liberadas. La tesitura de la enseñanza de Jesús corresponde al discurso de llanura, es decir, las bienaventuranzas. Lc 14, 11 con el dicho derivado de Jesús acentúa que se debe renunciar a pretensiones egocéntricas, y valorarse con el criterio de la humildad. Los v. 12-14 al estilo de los v. 8-10, dos unidades articuladas en su tradición, destilan un enfoque semejante a Lc 6, 34-35, en cuanto a exigencias éticas y forma literaria atañe. Lc tiene mucho interés en mostrar el comportamiento de Jesús: su amor desinteresado. Así la conducta del creyente debe aspirar a ponerse en la línea del revelador del Padre. La apertura a los necesitados constituye, según Lc, un desafío permanente para quienes se reúnen en torno a la mesa eucarística, no es una añadidura de menor importancia en cuanto exigencia se refiere.

¿La cultura de la reciprocidad? La frase do ut des refleja muchos de los mecanismos de convivencia en la sociedad, y a veces alcanzan también a los creyentes, sino están atentos a la atmósfera dominante. Una reciprocidad cerrada en sí misma, fundada sobre el cálculo, el interés, y la recompensa no encaja en el espíritu cristiano. Tal enfoque puede endurecer, inmunizar y crear insensibilidad hacia quien sufre carencias en la vida. Es conocida la intención de Lc al insistir en el desprendimiento del creyente, así como la renuncia a sus bienes para ser un genuino seguidor del Señor resucitado.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



LECTURAS Y HOMILÍAS

Material Litúrgico


Principal | S. Francisco | Nuestras Casas | Historia | Actividades | Publicaciones | Bibliotecas| Enlaces | email |
© 2010 Fr. Miguel Álvarez Barredo, ofm