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Is
66, 18-21
Pertenece a la conclusión
del Trito-Is, donde Dios muestra su misericordia
con los pueblos en esta palabra, quienes
pueden así contemplar el genuino
rostro de Dios. La división de los
pueblos entre sí desvela una huella
del pecado, y la victoria del egoísmo
sobre la generosidad y el entendimiento.
Dios se encarga de enviar sus emisarios
para que las naciones se reúnan en
el monte santo de Jerusalén. Is 66
ofrece un resumen de temas básicos
de este profeta, y entre ellos la reconstrucción
del templo, como lugar de la bendición
divina, en torno al 520 a. C., y en tal
participarán todas la naciones y
traerán sus dones y ofrendas, e incluso
serán elegidos sacerdotes y levitas
para ofrezcan sacrificios a Dios. Se ensancha,
pues, el horizonte de este nuevo templo,
en cuanto que está abierto a todos
aquellos, como casa de oración, produciéndose
así la reconciliación de las
naciones gracias a esta presencia divina
en su santuario.
Este profeta mira al futuro
con esperanza, superando así el exclusivismo
de Judá, y todos los pueblos que
se conviertan al Señor pueden participar
en el culto a Dios en templo de Jerusalén.
En Gén 11 se produjo la dispersión,
pero ahora se reúnen bajo la nueva
intervención de Dios, y más
tarde, en NT, en el evento de Pentecostés
se producirá una nueva maravilla
de unificación de las gentes. Pero
conviene subrayar que es Dios quien toma
la iniciativa, y “reúne”
a los hombres.
La
presencia divina, superación de exclusivismos:
En las narraciones del AT se puede
apreciar cómo los pueblos cuando se repliegan
sobre sí mismos desvelan su lado negativo:
un egoísmo que empobrece, diseca, y divide.
La mirada del profeta hoy insiste en que
se debe dejar que el espíritu de Dios reine
en las conciencias de las franjas sociales.
Dicha presencia no obnubila el horizonte
de éstas, sino que suscita nuevas posibilidades,
que no tienen un cuño simplemente sociológico.
Las pautas históricas de los pueblos no
se reducen a cauces económicos, culturales,
etc, dictados por la organización política
y racional de turno, sino que Dios sigue
actuando en la historia, suscitando nuevos
e inesperados enfoques para clarificar la
existencia .
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Sal 66,
1-2
Este himno de alabanza
es el salmo más breve del salterio,
que gira en torno a dos elementos: la
alabanza a Dios (v. 1), y las razones
para la misma, es decir, su amor y fidelidad
(v. 2). Sus miras son universales, y todos
los pueblos pueden participar en esta
acogida que Dios les dispensa.
Acogida
universal de Dios: Cuando los
pueblos se presentan ante Dios, sabedores
de su fidelidad y misericordia. Es el
gran milagro divino, una vez más,
que toca los corazones de las naciones,
y con este contento se asocian a la alabanza
divina.
Heb 12,
3-7. 11-13
Esta lectura nos sitúa
nuevamente en la cuarta parte de la carta,
concentrada en la exhortación de
los creyentes, animándoles a superar
las dificultades que la fe les plantea.
Tal vivencia acarrea sufrimientos, que
no deben interpretados como castigos,
sino que ayuda para aquilatar los motivos
de la fe, y comprender mejor la dinámica
experimentada por el sumo sacerdote de
nuestras almas, Cristo Jesús. Las
pruebas purifican, transforman, y han
de ser juzgadas como elementos del camino
hacia la salvación. Las dificultades
en la vivencia de la fe ayudan a una mejor
comprensión, y en tal tesitura
alcanzamos a ver con más claridad
la cercanía divina.
La perseverancia, camino de interioridad
y madurez: Solo quien vive confiando
en Dios no le causa perplejidad el sufrimiento.
El autor de la lectura subraya el valor
pedagógico del dolor. La terapia
espiritual no sólo se vive en los
momentos favorables, sino igualmente en
circunstancias adversas, y tal actitud
se comparte con la comunidad, de ahí
el ánimo recíproco. Una
fe exenta de pruebas no existe, sino que
la misma nos lleva a mayor realismo ante
las sorpresas de la existencia, y serenidad
ante cuanto nos desconcierta, ya sea esperado
o no.
Lc
13, 22-30
Seguimos con la enseñanza
de Jesús en su camino hacia Jerusalén
en esta parábola sobre la puerta
estrecha. El texto de hoy marca el inicio
de una nueva sección que alcanza
hasta Lc 17, 10. El material adoptado
por Lc tiene su origen en la fuente Q,
que este evangelista ha unificado bajo
el perfil de la exhortación a entrar
por la puerta estrecha y participar en
el banquete del final de los tiempos.
Se trata de una colección de dichos,
que Lc ha unificado bajo el perfil del
esfuerzo para acceder a la puerta estrecha.
En el v. 24 se insiste en la conversión,
pues en la parusía será
tarde, ya que se cerrará la puerta
(v. 25), tendrá lugar el juicio
(v. 26-27), y habrá sorpresas (v.
28-29). El v. 30 actúa como conclusión
de estos dichos aislados de Jesús.
Se trata de una sentencia errante a nivel
sinóptico, que da un vuelco a tantas
maneras de ver las cosas. No sirve ser
judío o pagano, sino que cuenta
la conversión y no ser actores
de iniquidad para poder participar en
el banquete final. La parábola
conviene situarla en el contexto misionero
de la iglesia, donde se enfatiza que no
vale ser judío o gentil, sino la
conversión y ser admitido en el
banquete preparado por Dios.
Desglosando los dichos,
en el v. 22 se nota la pluma de Lc, que
intenta armonizar el camino de Jesús,
los v. 23-24 contienen una perspectiva
escatológica, la añadidura
del v. 25 mantiene la misma, los v. 26-27
transmiten una sentencia que Lc ha refundido
en la tesitura de la comunidad, los v.
28-29 utilizan material parenético,
y, finalmente, el v. 30 corona esta sección
dedicada a la palabra escatológica
y formulada por Jesús en el horizonte
humano.
¿Puede
haber un vuelco en la vida? La
palabra evangélica exhorta hoy a no fiarse
de nuestros criterios. La “puerta estrecha”
simboliza las mezclas, nuevas agregaciones,
acogidas inesperadas y rechazos dolorosos,
y abre al “juicio”, es decir, al “vuelco
divino” a cuanto se creía instaurado,
inamovible y admitido en las costumbres
y criterios de este mundo. Desaparecen
las divisiones, los privilegios; recordemos
“hay últimos que serán rimeros y primeros
que serán últimos”. Se sugiere que la
salvación fundamenta y exige el esfuerzo.
Existe una bipolaridad entre Dios y el
hombre, que se expresa primariamente en
la fe, y, como consecuencia, posteriormente,
en una responsabilidad activa. En palabras
breves, es indispensable mostrar la verdad
y fecundidad de la salvación recibida
y acogida. ¡La mirada humana no corresponde
con los perfiles divinos!
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