Vigésimo domingo del Tiempo Ordinario

Jer 38, 4-6. 8-10

El texto del hoy refleja los últimos días de Judá antes de la caída definitiva en manos del imperio babilonio. En la deportación del año 597 el rey Sedecías había sido colocado en el trono por Nabucodonosor, y la escena política era frágil y débil, pues sus consejeros habían sido deportados, y quienes habían tomado las riendas del poder eran personajes de segunda fila, partidarios de seguir una política antibabilónia. Tal postura chocaba con el punto de vista del profeta Jer, que proclama que era mejor rendirse a Babilonia para evitar mayores desastres, muertes y sufrimientos. El ser portador de la palabra divina le acarrea la persecución, y deciden quitarlo del medio, arrojándolo a un aljibe de lodo, de donde es sacado por Ebedmelek.

Literariamente este fragmento pertenece al ciclo de la detención y liberación de Jer (Jer 34, 7; 37, 3-19). Con detalles muy oportunos sobre aspectos históricos y topográficos se describen los sufrimientos de Jer en los últimos meses de Jerusalén, que está relacionados con el círculo de oposición contra Babilonia y no soporta ninguna crítica del profeta a sus intenciones políticas, de ahí el echarle aljibe lleno de lodo para que acabe sus días.

La fidelidad a Dios, fuente de rechazos: La tesitura de Jer ayuda comprender que la palabra divina no sabe de componendas y coyunturas armonizadoras. Jer con su misión profética es un paradigma de cómo la incidencia divina puede clarificar situaciones, y enseña a no plegarse a miradas de corto alcance, aunque comporte sufrimientos tal actitud. La escena de Jer se puede repetir con cierta frecuencia.

 

Sal 39, 2-4. 18

Este Sal es considerado una composición de carácter litúrgico, que aglutina varios motivos. Así, en los v. 2-11 predomina una acción de gracias por el auxilio recibido de Dios, y en los v. 12-18 una oración por una angustia sufrida, lo cual crea tensiones que no se pueden unificar fácilmente en una única y misma vivencia del orante. Por tanto, se cree razonable dividir el Sal en diversas y heterogéneas partes, en cuanto que los v. 14-18 se conservan también con pequeñas variantes en los Sal 35 y 70. La primera parte se entiende sobre la base de una experiencia de fe vivida en el pasado, y la segunda una nueva angustia que aflige al creyente. La tensión entre poseer y luchar por las certezas en la fe y la vida, presentes a lo largo del salmo, pertenece a la esencia de la fe, y es auténtica señal de la vida de piedad de un orante bíblico, que en el sendero de los altos y bajos de la existencia camina, apoyado en la fe, hacia la esperanza. Es esta la situación del salmo, desde la cual se puede ser interpretado de manera unitaria y vital.

Aquí el orante confiesa que la esperanza puesta en Dios no queda nunca desatendida. En realidad el Sal ofrece la combinación de una acción de gracias, lamento y confianza, y se halla colocado en una pequeña colección, Sal 30-41, dedicada a la reflexión sobre el pecado, al simbolismo de muerte y abismo, y la misericordia divina, que saca al orante del abismo, y refleja una reinterpretación devota y sufrida en el postexilio. Este Sal se cita en la carta a los Heb 10, donde se ponen en boca de Cristo los v. 7-9 para expresar su actitud de disponibilidad ante el Padre.

Enfoque cristiano: El Sal canaliza las reflexiones de un enfermo. La enfermedad produce desolación y en esta situación el orante se dirige a Dios, sabedor de la misericordia divina. El Sal nos recuerda que la oración es el pan cotidiano, una oración confiada a Dios, consolador de esta vida. El Sal nos ayuda a entendernos mejor a los ojos de Dios, desembocando en “un cántico nuevo”, es decir, vida optimista, alegre y apoyada en Dios en medio de las dificultades. Sólo esta estabilidad divina puede alentarnos en tantos momentos, cuando nos encontramos en la “fosa” del desánimo o zozobras de la vida, flagelada por desconciertos.

Heb 12,49-53

Como decíamos el pasado domingo Heb 12 tiene un tono exhortativo después de haber presentado en el cap.11 los modelos de fe, que jalonan la historia de salvación del AT. El autor pretende animar la fe de los cristianos contra cualquier suerte de descorazonamiento, y a fijarse en Cristo para perseverar.

El fragmento de hoy concibe la fe como una carrera, al estilo paulino, y la fe exige coherencia a ultranza y rechazo de cualquier acomodación que contenga adherencias humanas. Este camino ha sido recorrido antes por quien “inició y completó nuestra fe”, es decir, Jesús. Se puede entrever una vivencia más plena de los sufrimientos de Jeremías a la hora de proclamar la palabra del Padre en su totalidad, rodeado como el profeta de quienes se oponían con dureza y violentamente a su mensaje.

La coherencia en la fe, camino no fácil: El autor de Heb invita a los cristianos a recorrer el mismo camino que Cristo Jesús, camino que reúne condiciones parecidas a las vividas el mediador de la nueva alianza, y sin desfallecer. A la entrega generosa del Verbo el hombre responde con agresividad, e incomprensión. Y tales “componentes” del tejido antropológico se antojan normales, pero no son las definiciones reales de la vida. La vertiente más auténtica corresponde a la donación sin fisuras y total del Verbo a favor del hombre.

Lc 12, 49-53

La palabra de Jesús urge a la decisión a su favor o en contra. Los v.49-50 son propios de Lc, mientras que los v.51-53 Mt los facilita en su discurso misionero. Jesús es consciente del destino de sufrimiento que le espera en Jerusalén, a donde se dirige, que desembocarán en una victoria escatológica. Pero ahora es el tiempo de la prueba, y la paz que ha traído, don mesiánico por antonomasia, no consiste en vivir tranquilo ni pasividad, sino que crea tensiones, incluso en las mismas familias. El fuego de Cristo purifica las conciencias.

Hacia la palabra evangélica se dirigen hoy las miradas: La paz, que Jesús trae, no está ausente de tensiones y laceraciones. La fe cristiana es una contestación de las ambigüedades malignas que quieren tomar carta de ciudadanía. La paz de Cristo es fruto de una continua y áspera lucha contra el mal, que puede surgir en nosotros y a nuestro lado, degradando la dignidad de la persona. La palabra divina nos abre los ojos para sopesar que el rechazo de la misma; actúa como contrapunto normal en curso de los días, cuando se vive de la fe. Pero la modalidad del “paso” de Jesús en medio de nosotros nos muestra la pauta a seguir.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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