| Las
lecturas de la liturgia hoy nos invitan
a contemplarnos decididamente en las manos
de Dios, bendecidos por Él en Cristo
Jesús, su gran regalo.
Num
6, 22-27
Esta antiquísima
tradición de uso litúrgico,
pronunciada por los sacerdotes de Israel,
que recordaba a Dios la promesa de dar a
su pueblo protección, misericordia
y paz, y al pueblo contemplar a Dios como
su único Dios. La liturgia con lectura
en este primer día del año
nos sitúa bajo la bendición
divina.
Esta perícopa hay
que colocarla en el ámbito de la
comunidad en torno al Sinaí, donde
se estipuló la alianza. La bendición
sacerdotal (Lev 9,22-23) refleja la respuesta
de Dios al mantenimiento de la pureza y
la generosa consagración voluntaria
de la comunidad, como se aprecia también
en 5,1-6,21. El derecho de invocar el nombre
de Dios está reservado a los hijos
de Aarón, un desarrollo post-exílico
que limitaba una praxis anterior (Dt 10,8;
21,5; 2 Sam 6,18; 1 Re 8,14). La imagen
del brillar el rostro de Dios quizás
tenía su contexto originario en una
teofanía litúrgica (v.25),
y el mostrar su rostro es un acto propicio
(v.26). En los tiempos de angustia Dios
ocultaba su rostro y hacía silencio.
La triple invocación de Dios bajo
la acepción de “Yahvé”
significa la eficacia y la certeza de la
bendición divina alcanza a su pueblo.
La
liturgia con este texto al comienzo del
nuevo año evoca la certeza de sabernos
bajo la protección divina, y, por
consiguiente, caminar al amparo de sus alas
todos los días de esta nueva etapa
de nuestra vida. Este velar de Dios sobre
nosotros crea optimismo en nuestros pasos.
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Sal 66,
2-3. 5-6. 8
El Sal se inspira en
la lectura anterior. Es una acción
de gracias, que enfatiza la bondad divina,
en cuanto que se derrama sobre toda la
humanidad antes que el hombre la busque
y sea consciente de ella. Una vez experimentada
esta gracia de Dios el orante con las
palabras del Sal agradece a Dios por este
don con un lenguaje de tinte agrícola.
Pero en Israel el motivo de la naturaleza
se veía en un marco histórico
salvífico. La prosperidad agrícola
era juzgada por todo oriental un signo
vivo de bendición y de alegría,
donde se verifica la ternura concreta
y amorosa de Dios ante sus criaturas.
El Sal. es una pieza
litúrgica que se proclamaba en
el ámbito de una festiva celebración
otoñal para mostrar a Dios la alegría
por la cosecha, pero en este contexto
litúrgico adquiere a su vez visos
escatológicos.
El
primado de la bondad divina: El
orante asocia a todos los pueblos a que
se unan a él en esta alabanza coral
a Dios por las múltiples bendiciones
con que enriquece la vida de sus criaturas.
El universo aquí es armonía
y bendición celeste. Pero la generosidad
divina no se interrumpe, sino que continuamente
revierte sobre nosotros, y la celebramos
comunitariamente en culto junto con nuestros
hermanos en la fe, reconociendo la certeza
de ser guiados por Dios Padre por medio
del Verbo.
Gal 4,
4-7 :
Texto sublime, donde
el apóstol Pablo contempla la encarnación
del Hijo de Dios como la plenitud del
tiempo, ritmado por Dios Padre, y tal
envío hay que juzgarlo y considerarlo
como una irrupción del Verbo de
Dios en la esfera e historia humana. Es
apóstol es sabedor de que Dios
Padre tiene en su poder el tiempo y todos
los eones, y un plan de salvación
sobre el cosmos, que ahora ha llevado
acabo por medio de su Hijo. Cristo Jesús
ha irrumpido en esta existencia humana,
trasformándola radicalmente, liberando
a los hombres de la esclavitud de la ley,
de sus cegueras. Tal envío desemboca
en la presencia del Espíritu en
nuestros corazones, que Dios Padre nos
regala para sepamos apreciar nuestra tesitura
vital en la fe.
Esta relación
fundamental para la vida cristiana entre
el Espíritu del Hijo y el corazón
del creyente ilumina también el
contexto, en el cual los creyentes claman
al Padre “Abba”: no se trata
de invocaciones carismáticas y
situaciones de las comunidades cristianas,
sino de una invocación permanente,
causada por la inhabitación del
Espíritu en el corazón de
los creyentes. En relación a Rom
8,15 no sólo el Espíritu
quien gime en nuestros corazones, sino
que nosotros mismos clamamos a Él.
Los creyentes no sólo son liberados
de las esclavitudes de la ley, sino que
entran una nueva dinámica de dirigirse
a Dios como “Padre, Abba”,
término de origen semítico,
que era usado no sólo por los niños,
sino también por los adultos para
dirigirse al padre, y puesto en la boca
de Jesús (Mc 14,36; Rom 8,15; Gál
4,6, sólo se utiliza en estos tres
textos en el NT) denota la relación
especial entre Dios Padre y Cristo Jesús.
El
apóstol aquí acumula una
serie de motivos de profunda dimensión
teológica, donde el creyente puede
descubrir su identidad más genuina
en la fe: el ser rodeado de una iniciativa
trinitaria, pero vivida aquí y
ahora históricamente, que nos ayuda
a contemplarnos como hechura divina, no
obstante nuestras fragilidades y oscuridades.
Lc
2, 16-21:
Otro cuadro de la bendición
divina en su Hijo, en una escena llena
de ternura: “María y José
y el Niño acostado en el pesebre”,
musicalizada mágicamente, recordemos,
por J.S.Bach en su Oratorio de Navidad.
En esta página
se narra cómo la bendición
divina, prometida, es vivida en su realización,
y de esta presencia histórica del
Verbo de Dios, hecho hombre, surge la
alabanza y el gozo. Predomina el silencio
meditativo y el estupor ante tal maravilla
divina, una vez más, y esta coincide
con la definitiva obrada por Dios Padre,
que siempre nos sorprende.
María
es madre por su apertura y acogida de
Dios, por su silencio ante el misterio
de Dios hecho hombre, aceptándolo
en su vida y tesitura de fe. La vida de
María es un “sí”
global, pero lo comunica a todos, siendo
transparencia divina. ¡Qué
sepamos contemplar la maravillosa presencia
del Verbo de Dios en medio de nosotros,
y alegre nuestro corazón, pensamiento,
y los ziz-zags desconcertantes que la
existencia humana ofrece”.
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