Décimo quinto domingo del Tiempo Ordinario

Dt 30, 10-14

El libro del Dt. suele ser presentado como un testamento de Moisés antes de entrar en la tierra prometida, pero en realidad es una meditación verbalizada y escrita mucho tiempo después, y subraya cómo el pueblo elegido ha mantenido sus distancias, ambigüedades, y dificultades con y ante la ley, que derivaba del pacto de la alianza.

Literariamente la sección de este domingo no es considerada la continuación del cap. 29, sino un bloque postexílico, al estilo de Dt 4, 29-31; 28, 45-56, y 1 Re 8, 46-53 y Jue 2, 20 - 3, 6, en cuanto que se reflexiona sobre las posibilidades y promesas del retorno a Dios. Ofrece una reflexión teológico-sapiencial sobre la ley y su obediencia, enfatizando la nueva “escucha” de la voz de Dios para poder reconducirse en la tierra donada por Dios. Los preceptos divinos son la huella de la cercanía de Dios a su pueblo, y la ley, como libro, su palabra iluminadora. Tales mandatos tienen vigencia en todo momento, y Dios muestra su ternura con la validez de los mismos, pero pretende una vuelta a su presencia. El juicio del exilio ha sido purificador, pero también ha sembrado dudas en el alma del pueblo, de ahí este tono exhortativo de la lectura a retornar a Dios sin ninguna reserva o medias tintas.

Las posibilidades humanas desde Dios: Cuando aparece una ley civil es fácil que surjan distancias, indiferencias, dudas y validez sobre la conveniencia de la misma, etc. Tal dinámica también se puede aplicar a la ley divina, de ahí que ésta se pueda ver con idénticos criterios, olvidando su vertiente divina, que es la que ofrece esa sabiduría que el tiempo no borra ni destruye, sino que siempre sale a flote esa estabilidad que desafía épocas y circunstancias, iluminándolas. Pus bien, la palabra divina, bajo el aspecto legal, nos recuerda hoy que es luz en nuestros senderos, y que sólo desde ella podemos comprendernos genuinamente, ahuyentando desvaríos epocales o sicológicos.

 

Sal 68, 14. 17. 30-31. 33-34

Constituye súplica individual, y se compone de cuatro partes: v. 2-13, grito de auxilio, v. 14-22, súplica, v. 23-29, imprecaciones, y v. 30-37, acción de gracias a Dios. Como es habitual la liturgia nos los propone brevemente, aunque hoy se detiene en la acción de gracias. Efectivamente, se describe la situación desesperada de un orante, que surge de su conciencia pecadora, y al tiempo que otras adversidades le sobrevienen de adversarios debido a su fe, pues es objeto de burlas y hostigamiento por ser fiel a Dios. En palabra breves, se ofrece un retrato de un hombre o mujer abatido por la experiencia religiosa, en cuanto que ésta supone una fuente de sufrimientos causados por otras personas, y utilizando una expresión del salmo las “aguas le llegan hasta el cuello”, y en tal situación despotrica contra sus enemigos. No hay que extrañarse, pues cuando el sufrimiento desborda nuestra capacidad de aguante somos una caja de sorpresas para nosotros mismos, pero que saca a flote también aspectos personales genuinos. Y estas experiencias se recogen en la palabra divina, y no nos extrañe. Por eso los salmos son tan cercanos, en lo sublime y triste de las profundidades humanas. Sólo la certeza de la bondad y ternura de Dios en determinados momentos nos pueden devolver la calma y la paz.

Lectura cristiana: El Sal. describe los sufrimientos de alguien que siente burlado y mofado, y sólo encuentra consuelo en la ternura de Dios hacia él. Sí, el salmo proclama con desparpajo que ciertas situaciones no encuentran solución en la maraña de las consideraciones humanas, sino en la confianza en Dios. Conviene recordar que el acusado por antonomasia fue Cristo, pero se fió plenamente de Dios. La iglesia lee este salmo en esta clave cristológica: Cristo sufrió las malvadas y humanas envestidas, y de ellas sólo Dios lo libró. La persona de Cristo y su actitud ante la vida ofrece una magnífica interpretación del salmo de hoy e igualmente del 22. Pero conviene recordar que tales actitudes pululan en medio de nosotros, y ante semejantes callejones sin salida el único posible desenlace sea la apertura a Dios, desvelado en Cristo. Léase el salmo con serenidad, porque es una auténtica medicina para muchas enfermedades “psíquicas”, como se dice hoy, y en antaño “del alma”.

Col 1, 15-20

La carta a los Colosenses nos muestra cómo Pablo desglosa su fe ante los sistemas de pensamiento de la época. Pablo estaba en prisión, y tuvo noticias que la comunidad fundada por él estaba influenciada por los enfoques culturales del momento. No es fácil identificar tales movimientos, pero parece ser que favorecían el culto a los ángeles, quizás en contacto con especulaciones griegas o asiáticas, que acababan por minimizar el culto a Cristo. Pretendían un “conocimiento” (gnosis), que descifraba los secretos del mundo. Pablo confirma que Cristo es el salvador de los hombres, y el centro de la creación y reflejo de Dios Padre, origen del mundo. Es la cabeza del inmenso organismo, la recapitulación, la plenitud. En Jesús, hombre concreto en el tiempo, está la cúspide de toda creación.

El texto que hoy nos ocupa pertenece al exordio de la carta, e himno cristológico, que proclama a Cristo mediador de la creación y redención bajo el influjo de las confesiones monoteístas del AT y NT. El himno gira en torno a los pilares de creación y redención, siendo Cristo el único mediador.

El misterio de Cristo no es una especulación humana. Es accesible sólo a los creyentes, es decir, a quien se abre a la tesitura de su muerte y resurrección. Las exigencias morales y espirituales del cristiano únicamente son comprensibles desde la vertiente de su participación en la corriente inmensa de amor, dentro del cual se siente inmerso.

Lc 10, 25-37

Texto paradigmático, y emblemático. Se comienza con una controversia para introducir la parábola del buen samaritano, y Lc. quizás se ha servido de la fuente Q en los v. 25-28, como lo demuestra la coincidencia con Mt. La tradición de Mc se transforma en Lc y Mt en un diálogo polémico, que deja entrever una tirantez entre la comunidad primitiva y la sinagoga, y, por otra, la conformidad entre la enseñanza de Jesús y la Escritura ; se alude a Dt 6,5 y Lv 19, 18. A Lc le interesa subrayar la praxis: quien ama a Dios no puede prescindir del amor al prójimo.

La parábola (v. 29-37) es una perla evangélica, que ha desencadenado tantas y tantas respuestas generosas en la historia de la iglesia. Una parábola referente al juicio final sirve como advertencia y amonestación de Dios.

Recordemos, a modo de aplicación, algunos enfoques de la Encíclica del Papa Benedicto XVI, núm 18: “Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Más allá de la apariencia exterior del otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas de ello. A verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro muchas más cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que necesita”. Pero dicha Encíclica ofrece múltiples sugerencias y pensamientos, que interpretan la parábola de hoy.

HOJAS LITÚRGICAS de

San Juan de los Reyes



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