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Sam 12, 7-10. 13
A la primera culpa de David,
el adulterio con Betsabé, hay que
añadir una segunda, la muerte a espada
de su esposo. Natán, profeta, comunica
a David el castigo merecido, y David reconoce
humildemente su error, quedando como paradigma
del creyente arrepentido, que cree a la
incidencia de Dios en su vida.
Literariamente el texto
está encuadrado dentro de un proceso
jurídico (rib), que se adopta en
numerosos textos bíblicos, en los
cuales se formula un juicio acusador de
Dios. El fragmento de hoy se centra en la
respuesta del acusado, que admite su delito
y confiesa su pecado. La respuesta del rey
David mediante la cual reconoce su culpa
es lapidaria. Muchas veces en otros ámbitos
del mismo esquema literario las respuestas
son más amplias, recurriendo a acumulaciones
y repeticiones, especialmente en las oraciones
penitenciales post-exílicas, donde
la confesión es repetida casi como
una estrofa. La lectura nos facilita también
el veredicto de Dios (v.13), perdonando
a David su pecado. Estas breves alusiones
sólo pretenden llamar la atención
sobre el perfil literario que articula el
texto, enmarcado dentro de una controversia
jurídica.
Entre
la confesión de la culpa y el gozo del perdón:
Dios le ha hecho a David reconocer
su pecado, que admite sin medias tintas.
De esta manera Dios paradigmáticamente hace
justicia en favor del débil, y castiga la
arrogancia del violento. Dios en su juicio
desvela su atención por las víctimas frágiles
e indefensas, y ésta va a ser una constantes
muchos episodios del AT. Estas lecturas
iluminan cómo la incidencia de Dios puede
desenmascarar muchas actitudes tenebrosas,
que sino quedarían quizás impunes. Admitir
una presencia más decisiva e incisiva que
nuestra conciencia personal posibilita una
apertura a una dimensión liberadora y de
catarsis personal. El polo divino nos saca
de muchas esclavitudes y nos otorga serenidad,
sosiego y lucidez ante la vida.
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Sal 31,
1-2. 5. 11
Es un salmo penitencial.
Es una oración retrospectiva: se
pronuncia cuando ha terminado el proceso
más importante: el castigo, la
confesión del pecado, y el perdón
de Dios. Ahora el orante medita sobre
su experiencia para comunicársela
otros, pues el pecado envilece tanto en
la esfera anímica como corpórea,
perdemos los perfiles de libertad personal.
Como en otros muchos Salmos la experiencia
personal se levanta a consideraciones
generales, casi en forma de máximas:
experiencia personal: 3-5; 7-8 / generalización:
1-2. 6.9-10.
Orden del Salmo:
sufrimiento recibido como el
castigo (v. 4), reacción sin resultado:
silencio o rugido (v. 3), confesión
del pecado (v. 5a), perdón alcanzado
(v. 5b), amonestación de Dios para
el futuro (v. 8-9), generalización
(v. 1-2), reflexión e invitación
a la asamblea (v. 10-11).
Grupos del Salmo:
los honrados (sadiquim), los
impíos, y “el que confía
en el Señor”. Este no pertenece
de lleno al grupo de los malvados ni a
los honrados; ha dado un paso y debe recorrer
un camino (v. 8). Las posiciones no son
estáticas.
El Sal. 32 ofrece una
impresión fuerte y personal de
la felicidad que se vive cuando se reconoce
y confiesa el propio pecado u error. El
modelo tradicional se esconde detrás
del aspecto personal y didáctico.
El perdón se concede
no por buena conducta, por méritos
adquiridos, sino simplemente por la generosidad
de Dios. El perdón hay que vivirlo
y sentirlo para que traiga la dicha, y
surja la fiesta.
Transposición:
Dios cura y perdona al hombre
independientemente de las obras, y no
actúa según la lógica de los comportamientos
humanos a la hora de perdonar. “Si afirmamos
no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos
y no llevamos dentro la verdad” (1 Jn
1,8). La persona habitualmente es incoherente
y ciega, éticamente hablando.
Gál
2, 16. 19-21:
La lectura refleja uno
de los goznes del pensamiento paulino,
la justificación por la fe, y no
por las obras de la ley, abriendo nuevas
posibilidades al creyente: una vida nueva
en Cristo. Supone una transformación
profundamente radical del hombre, reconciliándolo
con Dios y desvelándole un horizonte
no basado en sus fuerzas. Pablo no cesa
de combatir el perfume mercantil que el
hombre imprime a sin fin de situaciones,
y que termina por aplicar a su actitud
también con Dios.
Literariamente esta lectura
ejerce como una mimesis paulina, donde
el apóstol sintetiza en forma de
discurso los puntos básicos de
su autobiografía, contenida en
Gál 1,13-2,14. Gál 5,15-21
corona el pensamiento paulino expuesto
anteriormente. Aquí Pablo formula
el principio según el cual el hombre
no es justificado por la Ley , sino por
la fe en Cristo. Por medio de un estilo
de la diatriba Pablo combate la tesis
de la justificación por la Ley.
Definición
antropológica: El pensamiento
paulino saca flote y desenmascara un red
de criterios que anidan en el hombre de
todos los tiempos: no admitir otra lógica
de comportamiento que no sea la dictada
por su mundo sensible y conceptual. Dejarse
iluminar por otras realidades, que estén
fuera de nuestro alcance, suscita un mar
de dudas y difidencias, que fácilmente
son rechazadas. El apóstol ha recorrido
este camino, y al final, gracias a la
incidencia del Señor resucitado, ve la
luz para sus pasos. ¡Magnífico paradigma
para cualquier creyente!
Lc
7, 36 - 8, 3:
Texto envuelto en un
aire de controversia. El fariseísmo
en sus comienzos fue un movimiento de
pura espiritualidad, pero poco a poco
degeneró en una actitud de autosuficiencia,
representante de una secta cerrada. Estos
píos hombres constituyeron la punta
de diamante de la oposición a Jesús.
La escena de hoy ilustra esta tesitura.
Frente al rechazo de acoger al huésped
Jesús, la pecadora comprende la
misericordia divina en su visita, y animada
por este descubrimiento comienza a vivir
con otra dimensión.
El texto de Lc 7, 36-50
sobre la pecadora es considerado una añadidura,
que ilustra con decisión la visita
de Dios y su gracia en la actividad de
Jesús, y ayuda a dar a toda la
sección de Lc 7, 1-50 el color
deseado por el evangelista. El relato
justifica la actitud de Jesús (y
de la iglesia primitiva) con los pecadores.
Que la acción de Jesús suscite
contradicciones y lleve a la “caída
de muchos en Israel” es para Lc
la consecuencia obvia de tal evento de
gracia y comportamiento de Jesús.
El episodio en su forma actual ofrece
ciertas tensiones, pero en ellas se va
perfilando un fin teológico, que
en su totalidad se entiende en su dialéctica:
el amor requerido es efecto y motivo del
perdón, ya que éste al final
conduce a la persona a amar.
Canto
a la misericordia divina: Cuanto
Pablo había expresado a su estilo esta
dimensión de la reconciliación con Dios,
y, en consecuencia, consigo mismo. La
escena de la pecadora ilustra otra vertiente
de la misma realidad. La persona descubre
su versión más genuina cuando no se encierra
en sí misma, evitando cegueras que desembocan
en durezas de criterios frente a los demás.
El canon de la vida no lo define el hombre,
sino la acogida de Dios en su vida, y
ésta es coloreada por la misericordia
divina, que es muy desconcertante tantas
veces. ¡Celebremos tal mirada de Dios
sobre la persona!
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